domingo, 9 de diciembre de 2012


CAPITULO I
Estarcos, no solo tiene un nombre raro, sino también una forma particular de entender las cosas. Desde muy pequeño desarrolló la necesidad de encontrarle explicación a todo, en especial a aquello que lo impresionara. Una de estas cosas era el agua. Había notado que, sin tener ni pies ni alas, era lo que más se movía en el mundo. Una vez le respondieron que el agua se movía mucho porque era líquida, y esta respuesta no le gustó. Así que decidió crear la suya, para esto se miró a sí mismo, se comparó con el mundo y descubrió que lo que más velozmente se movía en él, no eran sus brazos ni sus piernas sino sus ideas, así que concluyó que el agua era los pensamientos del planeta.
Desde entonces, nada fue demasiado complejo que no pudiera reducirlo a una frase o idea simple. Su afición por hallar sus propias explicaciones empezó, justamente, al sentir que ya no podía más con las que le daban los adultos. Estas eran como sostener un globo, lleno con la movediza agua pero con agujeros, y perdía rápidamente la satisfacción de tener una respuesta, ya que la mayoría sólo lo conducían a más preguntas. A medida que crecía notó que no sólo eran fácilmente rebatibles, sino que además pretendían sustentar alguna otra verdad a medias, o sea, había una clara confabulación para sostener lo que ellos consideraran conveniente. Por otro lado, en la escuela, que es donde entendía debía encontrar las respuestas a sus interrogantes, sucedía algo parecido, pues de los mismos textos que estudiaba, pronto se enteró que el mundo estaba hecho de errores. Es decir, que las verdades eran ciertas hasta que alguien, con más poder, decidiera que había una nueva verdad para reemplazarla, y eso era lo peor, porque siempre hubo alguien que sabía lo que era cierto, pero si ese alguien no era un noble o rico, su verdad se quedaba con él, y no sólo eso sino que se cometían atrocidades para acallarlas y poder mantener las suyas. La Tierra es plana; el Sol gira en torno de la Tierra, fueron verdades hasta que las fuerzas que sostenían estas ideas ya no bastaron; incluso América no existía hasta que una reina con el suficiente poder económico auspició a un hombre ambicioso. En vista de esto, decidió que, si muchas de las verdades que se conocen son resultado de una cuestión de poder y no de lo que es cierto, entonces tenían poco valor para él. Así que, las que él creara, serían tan ciertas como las otras, pero con la ventaja de que, al menos, tendría la satisfacción de que estas responderían a su propio razonamiento y no al capricho de un insigne con poder. Para los asuntos menos complejos o que no le interesaban, estaba bien la explicación aceptada por todos, pues no valía la pena desgastarse creando respuestas para lo trivial. Fue de este modo que durante mucho tiempo fue creando sus propias realidades sin tomar en cuenta las leyes existentes.  Aunque, pronto se topó con un problema, que rápidamente corrigió, y éste era que sus realidades no deberían contradecirse entre sí, además, que debían tener cierto respaldo en las que no había cambiado. Un ejemplo de esto es el caso del rio que pasaba tras su casa. Lo consideraba un ser extremadamente bondadoso porque le proveía de valiosas ideas, sin embargo, cada invierno coleccionaba ahogados causando gran tristeza a sus familiares. Pensó que esto no debía ser por perverso, sino que sus frenéticas aguas respondían, como todos, a un mandato superior incuestionable; así que, el responsable de aquello no era el río en sí, sino los que ordenaban los elementos de la naturaleza. Empezando esta cadena de mando estarían los responsables de llenar de aguas indolentes su cauce durante el invierno, es decir, los hielos derretidos de los Andes, los vientos alisios provenientes de las corrientes del Niño, y  por supuesto, el cielo. De esta manera, no sólo que su realidad lo dejaba satisfecho, sino que además tenía sustento en la realidad común, que para este caso eran los fenómenos atmosféricos ya conocidos. Además, con estas razones que él mismo se daba, el mundo estaba bien y tenía una armonía que siempre aspiraba. De modo que cuando veía pasar por delante de su casa el cuerpo del ahogado seguido de una procesión de curiosos, él no se preocupaba por seguirlo demasiado con su mirada, ni culpaba al río por aquello, pues no tenía nada de extraño que hubiera sucedido cuando de por medio había el mandato de una confederación de elementos muy poderosos que gobernaban el universo.
Así, por algunos años, entendió la vida como un infinito crucigrama, el que se ocupaba en descifrar cada vez que se quedaba a solas con sus pensamientos. Esto sucedía a menudo, pues disponía de bastante tiempo para hacerlo, una porque se había ingeniado para hacer que las tareas escolares se hicieran casi por si solas,  y por otro lado, los juegos con sus amigos del barrio se habían convertido en su mejor manera de trasladar algunas de sus ideas al campo de lo real. Sobre todo durante su niñez y adolescencia, pero, a medida que se fue haciendo adulto, dejó esta práctica por varios motivos, entre otros porque encontró otro tipo de acertijos que lo inquietaron más, la mayoría de ellos vinculados con las chicas.