En el mes de diciembre empecé este diario impulsado por la necesidad latente de registrar los sucesos extraordinarios que me abordaban, pero, de a poco, este ejercicio fue encendiendo las luces para intuir algo mayor; lo que luego entendí es un conjuro endémico de este siglo.
Pues, esto es algo que se propaga por todos los signos de la memoria, desde hace mucho tiempo y de manera continua; viaja por el aire como una pandemia; se trasmite de individuo a individuo con el aliento; y de generación en generación por el miedo. Sin embargo, nadie hará nada para detenerlo, porque hay un orden de estructuras fuertes que sostiene este enjambre de preconcebidos; estos pequeños duendes que arman la forma, los moldes, resumen las ideas y propagan los afanes; las metas, las etapas que cumplir; y sobre todo el germen de las expectativas. En algún momento de la historia alguien nos convenció de que la simetría es perfección, y que las certezas marcan el camino a seguir, cuando lo cierto es que nuestro entorno es armoniosamente asimétrico y la incertidumbre forma parte de las leyes naturales de la Física que rige el universo. Es por esta, y otras razones, que he decidido contar esta historia, no sin antes advertir que éste no es un tratado de sociología, simplemente es una novela, que en alguna medida pretende mostrar, a través de los sucesos en un diario personal, el descubrimiento que hace el protagonista, de un nuevo discurso de vida, al verse de frente en el punto de encuentro de sus fantasías con la realidad.
Y ya que se trata de un relato y a su vez de un diario personal, es necesario que se conozca su punto de partida y para ello debo señalar, como antecedente, que hasta hace poco tenía el convencimiento de haber mal aprovechado mi vida y de que probablemente seguiría siendo así. Pues había llegado a un punto, de perspectiva gris, en que vi con claridad muchas fallas, errores que aparentemente habían permanecido invisibles; y no sólo para mí, si no también para los demás; porque era evidente que nadie se dio cuenta de ellos. Para explicarlo mejor, diré que mi imagen no es la de alguien que ha fracasado, podría ser incluso lo contrario. Los errores que refiero han sido sobre mí, como persona; por eso nadie percibió que no he sido feliz. Aunque, la palabra feliz es muy absoluta para definir esto, mejor diré que nadie se enteró, en mis tantos años de matrimonio, no pude sentir ese deseo que alguna vez vibró en mí; y tampoco se percataron que nunca disfruté demasiado mis éxitos porque me faltó valor para no aferrarme a un cronograma “infalible”, pactado conmigo mismo, y mandar alguna vez al carajo lo que tuvo que irse al carajo. Nadie se dio cuenta que yo soñaba en medio del aturdimiento de la vida; ni escuchó mi llanto amorfo ni pudo distinguir mis lágrimas en el confesionario de mis duchas; nadie fue confidente de las frustraciones que alguna vez le susurré a un impasible vaso de whisky; nadie supo de mí, ni de la materia que estoy hecho, ni siquiera yo, hasta hoy.
Es desde esta perspectiva que narraré los hechos, conservando esa manera auténtica que tienen los diarios; para que puedan percibir del mismo modo que el protagonista, sus contextos alucinantes.
Es probable que este preámbulo explicativo no esté completo, así que haré en el transcurso algunos paréntesis para completarlo.

