sábado, 9 de octubre de 2010

A los héroes de la Era del Amor

Me pondré la camisa celeste, es un color bueno para empezar.


El amor es una máquina capaz de crear mundos paralelos con sus propias leyes y licencias, pero nunca indica en su manual del usuario como hacer para que este mundo alterno se conecte con el del resto del planeta. Tampoco dice hasta donde se debe dejar crecer este mundo, que la mayoría de las veces se convierte en un monstruo que lo aplasta todo empezando por sus contratantes o adquirientes, quienes por lo general no realizan reclamo alguno, y más bien son de lo más indulgentes. Pues esperan pacientes a que este mundo inflado de amor se imponga sobre todos los demás, como lo haría un superhéroe de los que creemos cuando somos niños. Por desgracia la mayoría de las veces las presiones del mundo “real” son mayores y basta un espuelaso para reventar el frágil mundo del amor.

Cuando el amorciano aterriza en su antiguo planeta la Tierra, cree poder recoger los pedazos del mundo del amor y pegarlos con su saliva, con las cuerdas de sus zapatos, envolverlo con su bufanda, parcharlo con una curita que lleva en su bolsillo, pero ya no hay nada que hacer sino empezar todo de nuevo.

Unos tardarán mucho en entenderlo, mientras otros simplemente morirán en el intento y no sé decir cual de los dos es más afortunado. Porque el amorciano aunque sobreviva en la Tierra, tendrá que enterrarse vivo con sus recuerdos y hacerse un funeral delante de los despojos inútiles de su mundo de amor. Y nadie lo declarará héroe de la era del amor pero vivirá para siempre con una herida profunda en su pecho que aunque con los años cicatrice de vez en cuando sangrará, y como todo héroe llevará un trauma de guerra en su mente que lo afectará por siempre en casi todos los aspectos emotivos de su nueva vida sobre la tierra.

Los héroes del amor caminan por las calles confundidos entre las gentes y solo si te acercas mucho puede que veas el asomo de alguna insignia otorgada por su sacrificio, valor y perseverancia en el campo de batalla. Y entonces quizás logres te confiese que aunque que fue una guerra aparentemente inútil por no poder salvar su mundo, sigue sintiendo un orgullo amargo y la convicción de que si volviera a nacer volvería a repetirlo todo de nuevo. Pues es mejor que vivir una vida entera sin saber como es aquel otro mundo.

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